martes 23 de junio de 2009

Noche 69: "Camino " de Javier Fesser


Sólo se me ocurre una palabra para definir “Camino” de Javier Fesser: innecesaria.

Lo que sigue, como siempre en cualquier crítica, es algo subjetivo, mi parecer, porque todo el mundo (o casi) con el que hablo piensa que es con ganas de tocar los respetables.

Es innecesaria en drama. Es pura violencia emocional. Al ver cine de acción, pero no de ese rollito videoclip de MTV a lo Michael Bay (es que tengo fijación con este fulano), sino ese de Norris, Van Damme o Gobernator, Cine de acción del de antes, del de hostias como panes, sucedía que se criticaba la violencia gratuita y excesiva, caso de la escena de la discreta “Soldado Universal” con Lunger con orejas de vietnamita colgadas del cuello. Aquello era pasarse, no era necesario. Hay muchos más ejemplos. A qué viene todo esto, pues a que a la violencia emocional no se la critica. Si un dramón es tan inteso que violenta y dejas de creerlo no sucede nada. Pero si una de entretenimiento te provoca la misma sensación malo. Todo en “Camino” va in crescendo, hasta cotas de drama y sufrimiento que sobran. Parece querer Fesser que todo el mundo llore, que la congoja te atrape y que tu vida cambie. La sucesión de desgracias (como si la cinta per se no fuera suficientemente trágica) empieza con el hermano y acaba afectando a toda la familia y parte de alrededores. Son todos unos desgraciados, porque Fesser se empeña en torturarlos, y con ellos al espectador. Sguro que consiguió lágrimas a porrillo, y si es lo que buscaba, enhorabuena.

“Camino” es excesiva e innecesaria también en las formas. Se extrañan del mosqueo del Opus Dei. Un servidor lo ve lógico. No me considero especialmente religioso, el catolicismo ni me va ni me viene, y soy de los que cree que el Opus es más secta que otra cosa, pero igualmente soy capaz de ver el brutal palo que le va pegando esta película conforme avanzan los minutos. Desde el ofrecer la enfermedad (típico de la Iglesia más recalcitrante) hasta el encierro al que está sometida la hija con el lavado de cabeza o el susurro del cura sobre maquillar la beatificación, el opus no queda por los suelos, es que lo revuelcan en la mierda. No sé si las casas de miembros juveniles del Opus son así, ni me interesa demasiado, pero está tratado de forma crítica y los ponen de malos. Así, en gordo. MALOS.

Y si los malos son en Opus, entre ellos la peor la madre, el bueno es el padre. Que no cree o al menos no demasiado, y reniega. Perder la fe en esos momentos es humano y sumamente normal, no en vano los dos únicos momentos que Fesser hace sentir simpatía por la madre es cuando deja de ser creyente, cuando se vuelve “más humana”. Qué queréis que os diga, algo panfleto.

Innecesario me parece el onirismo del que hace gala, que si bien al principio queda bien, se vuelve puro relleno conforme avanza el relato.

Pero lo más innecesario de todo es el juego “sobrenatural” que propone Fesser para cerrar su película. La niña en la cama del hospital hablando sobre una escena que ocurre a cientos de kilómetros, con el estúpido juego de confusión entre el chico que le gusta (de nombre Jesús) y el Jesús del Opus, con momento racista/demoniaco por medio, como si necesitara justificar la estupidez y credulidad de la gente que rodea a la niña al final.

La cinta eso sí, está bien grabada, destacando especialmente el trabajo de la actriz protagonista (Nerea Camacho) y salvo el resto de actores infantiles, todos están bien. Me sorprende sobre manera lo que se parecen Camino y su hermana.

En fin, que no hace falta verla. Os la podéis ahorrar. Y más teniendo en cuenta que poquito más abajo está “La linterna roja”.

Buenas noches.

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miércoles 17 de junio de 2009

Noche 68: "La linterna roja" de Zang Yimou


No ha sido sólo por vagancia (aunque una poquita haya habido, qué le vamos a hacer) sino porque llevaba mucho tiempo sin ver cine. Había visto películas, más bien pocas desde el último comentario, pero nada que apeteciese reseñar. Daba incluso por zanjado el blog, sin despedida, sin nada, así como se van los sin vergüenzas. Pero he vuelto. ¿Por cuánto? Ni idea, pero si es poque acabo de ver una joya espero que sea por mucho mucho tiempo.

“La linterna roja” del genio chino Zang Yimou es una de las películas, mejor dicho obre, que demuestra que en ficción no es tan importante lo que cuentas que el cómo lo cuentas. Sigue la historia de Songlien (la bellísima y estupenda actriz que es Gong Li) quien decide casarse para tener un futuro en la China más tradicionalista. Así se convierte en la concubina de un hombre rico, en su cuarta esposa. A priori no es el tema que más me atraiga del mundo, quizá por el tema de la tradición china que nos queda algo lejano o por el hecho de que los entresijos familiares entre las esposas no parece el motor de ficción más apasionante del mundo. Pero un servidor ya ha visto alguna cosilla de Yimou. Vamos a darle una oportunidad.

Y ahí está el cómo lo cuenta. Consigue que interese hasta niveles que hacía tiempo que no sentía. La simpatía o antipatía por los personajes se siente mientras pasan los minutos y avanza una historia que no te debería estar interesando (o al menos no matándote) metiéndote dentro de la trama. Ahí interviene Gong Li que se come la película. Es ella, es su historia y con diferencia tiene el mejor personaje, aunque no le van a la zaga la tercera y segunda dama. Sólo el principio con ese plano mirando a cámara confesándole a su madre/nosotros que se casa con un rico para no preocuparse seguido de ese silencio incómodo supone toda una declaración de intenciones.

Sobre Yimou nada que cualquiera que conozca su cine no sepa, que es un genio. Empezó en fotografía y se nota. Hay quien quizá piense a ráiz de sus últimos títulos, las flojas “Hero” y “La casa de las dagas voladoras”, que la obsesión por el color en esas cintas era algo nuevo, pero se equivoca. Ya en “La linterna roja” hay un uso del color espléndido, usando como motivo principal las citadas linternas rojas que determinan la tradición de la familia Chen.

Respecto a la filmación, una música que acompaña, un reparto magnífico y unos planos largos, usados con mucho tino, quitándonos ese primer plano del amo/marido con el que cualquier otro director patán habría abusado, olvidando que esta cinta es de ellas.

Simplemente una obra maestra. Por cosas así, hay que amar el cine.

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martes 20 de enero de 2009

Noche 67: "Insomnio" de Cristopher Nolan


La tercera cinta de Nolan supone la menos reseñable de todas, no por ser mala, sino por estar más cerca de los tópicos de Holywood que nunca. Sin duda suena a encargo gordo, algo de metida, todo sea dicho antes de que le encargaran algo de más talla (su Batman) y sin la libertad que con éste tendría.

Remake de una película europea (sueca o noruega, no lo recuerdo) cuenta la historia de unos policías que se trasladan a Alaska para resolver un crimen, una Alaska donde se hace de noche cada 6 meses, lo que provoca el citado insomnio del protagonista. Y es el arranque de la cinta lo más logrado de la película, pues llegan ambos compañeros rodeados por un aura tensa debido a diversas acusaciones de corrupción, que se deja al espectador imaginar si son verdad. Sin duda la escena en la niebla es lo mejor de una obra que se sigue con interés, a la que matan algo los lugares comunes de su final.


El trío protagonista está bien. Al Pacino en uno de sus últimos papeles aceptables (hace de él mismo, como todas las grandes estrellas que ya han demostrado de sobra que no quieren trabajar) más que nada porque el guión le permite ciertos momentos dulces. Robin Williams en su segundo y mejor intento de ser "el malo" (ya provó con la infumable "Retratos de una obsesión" ese mismo año), con pinta de loquico, sin excesivos histrionismos, lo que se agradece. Y Hillary Swank que deambulaba algo perdida tras ganar su Oscar por "Boys don´t cry" hasta encontrarse con tito Clint, dibujándose al final como un personaje con fuerza que al principio no tiene.

No podemos considerar "Insomnio" como un resbalón de Nolan, pero sí como una obra menor, que se salva por ciertas escenas, entre ellas lo hipnótico de su modo de grabar Alaska y el frío, así como el ritmo que le imprime, que no es vertiginoso pero no se permite pausa.

Se deja ver y uno pasa una noche agradable.

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domingo 18 de enero de 2009

Noche 66: "Memento" de Cristopher Nolan


Si con “Following” se demostraba que Nolan tenía algo que contar, fue su segunda obra la que demostró que comenzaba a saber cómo hacerlo. Con el gusto claro del juego con las lineas temporales, decide no recurrir a los saltos atrás y adelante en el tiempo, sino contar la historia hacia atrás. Se había hecho en cine de todo con la cronología, emezar por el final y que todo fuera un flashback, contar desde diversos puntos de vista la historia, o saltar de un lado a otro (valga “Following” como ejemplo). Pero nadie había contado la historia desde el final, retrocediendo hasta el mismo principio.

Partiendo de la historia de un tipo (magnífico Guy Pierce) que sufre de amnesia anterógrada, afección que le impide grabar nuevos recuerdos, por lo que sólo recuerda cosas del pasado previo a su accidente y unos minutos de la última acción. Así con la licencia algo poética, Nolan hilvana la historia con insertos de varios minutos, que se suceden a lo que viene a continuación, jugando hábilmente con ciertas trampas de guión (nada es lo que parece) y más una sorpresa bien conseguidas. Los momentos en blanco y negro, que separan los momentos que el protagonista cuenta cómo hace para fijar sus recuerdos o datos importantes, así como su vida previa al accidente sirven para conseguir una cierta distancia y redondear la historia.

El guión no pierde interés en ningún momento, pero exige el montaje que uno no se despiste (nada de levantarse a mear o a por otra cerveza) pues las pistas están ahí, o lo estará. Otro punto a favor son los actores. A mí personalmente me encanta Pierce desde que lo conociera en la tremenda “LA Confidential”, y Carrie-Anne Mosse demuestra que tiene vida tras la sin fuste Trinity de “Matrix”, aunque para mi gusto de calle los momentos conforme avanza la cinta de Joe Pantoliano como Teddy (otro que viene del universo “Matrix”).

Una obra maestra que puede costar pero deslumbra, que demuestra que el puro noir puede permanecer intacto al tiempo que enseña que no siempre se debe usar el mismo esquema para contar una buena historia.

Primera película de 10 del señor Nolan, pero no la última,

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lunes 8 de diciembre de 2008

Noche 65: "Following" de Cristopher Nolan

Un tipo que sigue gente por la calle, sin motivo, durante un rato, y nunca más de una vez, hasta que queda prendado de las peculiaridades de un personaje y rompe las reglas. De comienzo interesantísimo, narración en blanco y negro depurada y un descoloque creciente, Following presenta al principio virtudes. Con el pasar de la cinta la cosa se vuelve más típica, sin perder el interés, aunque con un abuso algo lastrante de la línea temporal, para recuperar fuelle hacia el final.

Ópera prima de enorme valor, demuestra el gusto de Nolan por los giros de guión, las sorpresas presentes en toda la filmografía. Jugar con la duda de si lo que se está viendo es un flashback, flash forward o con qué orden suceden las secuencias, sirve a Nolan a mi modo de ver más como ensayo de lo que seríe “Memento”, su auténtica carta de presentación, que como algo útil para una cinta, que tiene interés ya de por sí con la historia misma. Como gran virtud, que está bien grabada, el guión es bueno y algunas escenas, sobre todo las de los protagonistas en plena faena, están llenas de detalles encomiables. Con cuatro perras, o eso parece, Nolan se atreve con una peli para contar algo. Detalle el contar lo que tiene que contar y hacerlo en poco más de una hora, así cuando necesita dos y media (“The Dark Knight”) queda claro que es porque las necesita.

En contra, el cambio de tercio a eso de mitad de peli, que cuanto menos descoloca, y lo pobre de unos actores algo inexpresivos (principalmente el protagonista). Curioso que el viejo sea familia, o es actor o es que no quería salir ni el tato.

Following se muestra como una obra que no destacó, lo que a mi modo de ver pudo incluso ir a favor del bueno de Nolan, para poco a poco ir haciéndose un hueco más que respetable en el mundo del cine. Si no, esperad a que siga. Como dice un amigo, siempre increschendo.

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Noches con ideas fijas.

Cuando un director se pone de moda, pasado un tiempo, con una carrera trabajada, resulta muy satisfactorio descubrir unos inicios, que no perfectos pero sí buenos están ahí, demostrando que no era flor de un día. Sin duda mejor que comenzar con una magna opus para diluirse en mediocridad y obras sin fuste (alguien más está pensando en el bueno de Ridley Scott).

Es el caso de uno de los dos grandes directores americanos del momento, Cristopher Nolan. El otro para mí es David Fincher.
Tras la simpática Following vendría la imprescindible Memento, la típica pero divertida Insomnio (remake cuyo original no he tenido el gusto de ver), para coger carrerilla con Batman Begins y la posterior y necesaria The Dark Night, aunque para mi gusto lo mejor de su filmografía está en The Prestige.

Con el descubrimiento de su primer film comienza en Mil Noches Perdidas un respaso similar, aunque más corto, parecido a los hechos con los Coen y Cronenberg. Bienvenidos.

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sábado 22 de noviembre de 2008

Un breve adios.

En un mundo donde todo sucede tan rápido me ha pasado una cosa espantosa. Mi madre, rauda como el viento, me ha tirado a la basura en un despiste imperdonable por mi parte mis zapatos deportivos. Parece una gilipollez. Unos zapatos de nada, pues anda que no hay zapaterías. Cierto, pero ya no serán mis zapatos.

Hoy que lo que más te dura te dura apenas 2 años (electrodomésticos, jerseys, camisetas, zapatos...) yo tenía ese par de deportivos desde primero del antiguo BUP (eso son la friolera de 12 años (cómo pasa el tiempo). He tenido y he usado unos zapatos de deporte durante 12 años, no a diario pero con asiduidad.

Eran feos de cojones, el típico zapato blanco con algún adorno de color, nada de casual para vestir y poder ir por la calle molando. Wilson era la marca para ser exactos, estaban rotos por un lateral cerca de la suela y además se me clavaba en el talón un saliente del refuerzo al ponérmelos. Incluso estaban manchados de pintura blanca. Parecía casi un mendigo. No debería sentir pena ninguna, pero lo hago.

Porque con esos zapatos he pasado el instituto y la carrera, perdí con ellos 7 meses de mi vida con el MIR, porque con esos zapatos he paseado por Montmatre, caminado por el Soho neoyorkino, con ellos supe lo que era la psilocibina, con ellos he ganado y perdido partidos de baloncesto, he intentado jugar sin éxito al fútbol, he ido a las 7 de la mañana a hacer karate al monte, he pateado la Murcia que tanto adoro, he vuelto a Paris y de nuevo he paseado por Montmatre y los Campos Elíseos, he estado en Praga y Amsterdam, he comido Currybus en Berlin, he recorrido dos días de marcha sin estar entrenado, sobrevivieron a dos Viñas y un Menorrock, concocieron la nieve en Salzburgo y las tierras secas de Tanger.

Pero quizá de todos los motivos por los que más me jode no haber disfrutado de ellos un poco más o no haberles dado un final más digno es porque esa pintura blanca roñosa que los ensuciaba es la pintura de la primera casa que nunca tendré (y posiblemente la última que pintaré).

Y sólo por eso, por estúpido que sea, los echo de menos.

Buen viaje, vayáis donde vayáis.

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