Lo que sigue, como siempre en cualquier crítica, es algo subjetivo, mi parecer, porque todo el mundo (o casi) con el que hablo piensa que es con ganas de tocar los respetables.
Es innecesaria en drama. Es pura violencia emocional. Al ver cine de acción, pero no de ese rollito videoclip de MTV a lo Michael Bay (es que tengo fijación con este fulano), sino ese de Norris, Van Damme o Gobernator, Cine de acción del de antes, del de hostias como panes, sucedía que se criticaba la violencia gratuita y excesiva, caso de la escena de la discreta “Soldado Universal” con Lunger con orejas de vietnamita colgadas del cuello. Aquello era pasarse, no era necesario. Hay muchos más ejemplos. A qué viene todo esto, pues a que a la violencia emocional no se la critica. Si un dramón es tan inteso que violenta y dejas de creerlo no sucede nada. Pero si una de entretenimiento te provoca la misma sensación malo. Todo en “Camino” va in crescendo, hasta cotas de drama y sufrimiento que sobran. Parece querer Fesser que todo el mundo llore, que la congoja te atrape y que tu vida cambie. La sucesión de desgracias (como si la cinta per se no fuera suficientemente trágica) empieza con el hermano y acaba afectando a toda la familia y parte de alrededores. Son todos unos desgraciados, porque Fesser se empeña en torturarlos, y con ellos al espectador. Sguro que consiguió lágrimas a porrillo, y si es lo que buscaba, enhorabuena.
“Camino” es excesiva e innecesaria también en las formas. Se extrañan del mosqueo del Opus Dei. Un servidor lo ve lógico. No me considero especialmente religioso, el catolicismo ni me va ni me viene, y soy de los que cree que el Opus es más secta que otra cosa, pero igualmente soy capaz de ver el brutal palo que le va pegando esta película conforme avanzan los minutos. Desde el ofrecer la enfermedad (típico de la Iglesia más recalcitrante) hasta el encierro al que está sometida la hija con el lavado de cabeza o el susurro del cura sobre maquillar la beatificación, el opus no queda por los suelos, es que lo revuelcan en la mierda. No sé si las casas de miembros juveniles del Opus son así, ni me interesa demasiado, pero está tratado de forma crítica y los ponen de malos. Así, en gordo. MALOS.
Y si los malos son en Opus, entre ellos la peor la madre, el bueno es el padre. Que no cree o al menos no demasiado, y reniega. Perder la fe en esos momentos es humano y sumamente normal, no en vano los dos únicos momentos que Fesser hace sentir simpatía por la madre es cuando deja de ser creyente, cuando se vuelve “más humana”. Qué queréis que os diga, algo panfleto.
Innecesario me parece el onirismo del que hace gala, que si bien al principio queda bien, se vuelve puro relleno conforme avanza el relato.
Pero lo más innecesario de todo es el juego “sobrenatural” que propone Fesser para cerrar su película. La niña en la cama del hospital hablando sobre una escena que ocurre a cientos de kilómetros, con el estúpido juego de confusión entre el chico que le gusta (de nombre Jesús) y el Jesús del Opus, con momento racista/demoniaco por medio, como si necesitara justificar la estupidez y credulidad de la gente que rodea a la niña al final.
La cinta eso sí, está bien grabada, destacando especialmente el trabajo de la actriz protagonista (Nerea Camacho) y salvo el resto de actores infantiles, todos están bien. Me sorprende sobre manera lo que se parecen Camino y su hermana.
En fin, que no hace falta verla. Os la podéis ahorrar. Y más teniendo en cuenta que poquito más abajo está “La linterna roja”.
Buenas noches.





